Alegrías del pasado y alergias del presente
29/10/21
Me interesa conocer al creador de las palabras, de algunas particulares. Aquel que juntó grafías, asoció a fonemas y, dio vida al significante imaginario con un significado concreto, fiel a una realidad que muchos filósofos y snobs siguen preguntándose si existe.
Quisiera conocer aquel que dio alma a las utopías, a quien fue el primero en decir que la realidad es tan condenada, que un mundo perfecto no existe, que se puede avizorar en entelequias dignas de obras literarias y, que aun así la mano del hombre es más afable a terminar por una decantación de distopías, seguro más cercano a lo terrenal.
No me interesa conocer quien hizo el boceto semántico de los mundos distópicos pues, más fácil era ahorrarnos palabras y llamarlos sociedad, actualidad, realidad, Tierra. Distopía: sociedad imaginaria bajo un poder totalitario…, acaso eso no es el screenshot de cada día, cada país. Acaso no somos fieles servidores de cuantos patrones modernos no podemos vivir: la economía egoísta, las ideologías extremas, la manipulación mediática, la tecnología que tiene miedo de cambiar algoritmos que difunden odio solo por obtener ganancias. Somos la realidad constante, plausible de una distopía basada en las ganancias personales que una, dos, tres, cuatro, enésimas veces pisotean los derechos. Porque no hay libertad si hay odio, porque al combatir, al armarnos, ya hay elementos perdidos: ignorancia, resentimiento, sesgos, valores en huelga, falta de tiempo.
En el siglo XXI andamos faltos de tiempo, “tengo que trabajar” “tengo que estudiar”… La pandemia agudizó, sacó el lado perverso de los jefes liberales y docentes sin empatía. Cientos de trabajo, más clases, todo el día el alumno tras una pantalla- “es su deber”. Reuniones de madrugada, trabajos los domingos, luego te pago, profesionales en remoto- “para algo le pago”. Cuantas justificaciones absurdas hemos escuchado: están en su casa, tienen más tiempo; no tienen más que hacer si no pueden salir. Y los muertos corrían, y el estrés aumentaba.
Uno de los retos, que se oye casi como un eco en consenso, del retorno a clases es la sociabilización de los estudiantes. La algarabía de los expertos se hace oír. ¿A quién le quedan ganas de socializar?
La pandemia inició en 2020, hoy cerca de dos años. En menos de dos años, la mujer y el hombre, supieron destruir la motivación de una educación y trabajo remoto. De una oportunidad potencial para un futuro más inclusivo, decidimos hastiar a nuestros pares y queremos “retornar”.
¿Qué es retornar? ¿Por qué añoramos ese pasado? Propongo la hipótesis: queremos retornar, volver atrás; porque el pasado es un tiempo antes del presente, un tiempo anterior ha haber dañado lo que está roto en el presente. No porque es mejor, solo porque no era peor.
Quisiera conocer a los lingüistas. No los de los títulos universitarios. Todo lo contrario, aquellos que inventaban, que proponían, que escribían. Quisiera conocer a los juristas cuyo argumento era el propio, no el de un papel. Aquellos defensores de la lógica, de los vigías de la libertad negativa, de los dubitativos otros en cuales mentes germinaba su contraparte positiva. Quisiera conocer a los escritores que escribían en periódicos, que publicaban libros y ensayos por la pura molestia de hojas sobrantes sobre su mesa de noche.
Quisiera conocer a las mujeres y hombres del pasado, no porque sean mejores; solo porque son de un tiempo anterior…
Columnista: Rubby Veliz